Reportaje sobre el Balneario de 1894

El 13 de octubre de 1894 el semanario Blanco y Negro, del periódico ABC, publicaba un reportaje de once páginas en su sección habitual de viajes.

Una fuente de información extraordinaria, en la que la descripción que el periodista hace de la villa y del día al día de los aguistas en Marmolejo, nos transporta para conocer de primera mano los lejanos años en que comenzaba la andadura de nuestro Balneario.

En las siguientes líneas se ha omitido la parte correspondiente a la introducción del periodista y la primera parte del viaje desde Madrid:

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Tras Espeluy, Villanueva de la Reina, Andujar y Arjonilla: la Meca de nuestra peregrinación: ¡Marmolejo!

Montamos en un coche, empezamos a subir levísima cuesta, y en diez minutos nos pusimos en la simpática villa, emplazada en una altura, y a pesar de esto, en un terreno como la palma de la mano.

Al salir del pueblo no hay más remedio que bajar: bájase para ir a la estación, bájase para ir a la fuente…

Pero este descenso merece capítulo aparte.

Dos kilómetros escasos separan el pueblo de las fuentes, distancia corta, sobre todo para los forzados ojos del bañista; más el perfecto aguanoso es indolente, y prefiere al sano ejercicio encerrarse en las jardineras que por mañana y tarde traen y llevan al forastero del pueblo a Fuente Agria y de Fuente Agria al pueblo.

Es una romería original y alegre la que forman tanto y tanto vehículo corriendo por la carretera que va de Marmolejo a Villanueva de la Reina.

El camino es precioso, por otra parte: al comienzo de las calles de la villa, limpias, llanas y flamantes como otras haya; baste con decir que algunas vecinas acostumbran fregotear con jabón las losas fronteras a sus casas; luego el poético Calvario, cuyas cruces de hierro se elevan de trecho en trecho sobre blancos pilares; dejase a la derecha el viaducto que conduce al Parque, cuya regia hilera de eucaliptus parece que os saluda con el ramaje, de hoja larga y caída; más tarde la linda plazoleta que se abre frente a la Administración, y por fin la corta y frondosa avenida por donde se va a la fuente, y allá en el fondo, lo mismo desde el pueblo que desde la carretera, en el Parque como en el río, distinguís el lomo oscuro de Sierra Morena entonando en todos los sitios el paisaje, llena de manchas blancas que son deliciosos caseríos, y de manchas negras que son grupos de brezos o lentisco, haciéndonos recordar con los perfumes serranos los perfumes de la poética regional:

Sierra Morena la bella,

la de los duros peñascos,

Atalaya de Castilla,

del suelo andaluz amparo…

Todo es imaginación y bullicio en la esbelta galería de hierro, que viene a ser algo así como el claustro de aquel santuario de la salud, la sala de pasos perdidos o el salón de conferencias, donde se charla, se pasea y se descansa entre vaso y vaso. Al final de la galería y unido a ella en la propia margen izquierda del Guadalquivir, se eleva un airoso templete, de cuyos senos brota entre las pizarras el manantial.

La larga hilera de aguanosos desciende por un costado y sube por el otro, satisfecha la sed; lindas muchachas, que comparten con las aguas la tarea de abrir el apetito, llenan vaso tras vaso, cumpliendo si cesar la gran obra de misericordia: dar de beber al dispépsico.
¡Y vaya usted a convencer a los aguanosos de que la virtud de las aguas consiste en su calidad, sin que la cantidad de vasos aumente la fuerza curativa del agua! Para un bañista prudente que parodiando a Baltasar del Alcázar:

pídelo, dánselo, bébelo,vuélvelo y vase contento,

hay doscientos que emplean la táctica de las grandes masas como el Capitán del siglo y échanse al cuerpo vaos y mas vaos; como si fueran a curarse al por mayor.

-Yo me he bebido veinte vasos dice un caballero, y no sabe usted lo que me ha abierto el apetito.

-¿Nada más el apetito? A mí me hubieran abierto en canal.

Junto a Fuente Agria está el manantial de San Luis, idéntico en propiedades y virtudes; pero la antigüedad de la primera no hace flojo peso en la opinión; así es que, en el sport aguanoso, Fuente Agria es el manantial favorito, Fuente Agria tiene una cola de gente que ya la quisieran para sí muchas tardes las taquillas de Jai-Alai y de Plaza de Toros.

-¡Dios mío, que pesadez! clama algún impaciente guardando la fila.

-¡Que remedio! ¡Paciencia nada más! La salud es un bicho que hay que cazar a la espera casi siempre.

-Pero los coches no aguardan; yo tengo que beber mis quince cortadillos y ¡vamos! lo que es yo, no voy a ir a pata.

-Con tanta agua, ¡que ha de ir usted a pata! ¡a lo que va usted es a pato!

Estas y mejores cosas se oyen paseando arriba y abajo de la galería en cuya balaustrada me pase de bruces largos ratos contemplando, bien por un lado el curso poético del rió, que marcha lamiendo la falda de los cerros; el Parque allá en la altura, y en lo alto la esbelta construcción de la Torre del Balneario, bien por otro lado el puente romano, cuyos ojos desiguales tiene no se que que guiño de picardía; el depósito de agua medicinal, que sube al Balneario por los buenos oficios de una bomba, y la Fuente del Padre.

La Fuente del Padre….¿Y qué es eso?

El origen de toda la justa fama que hoy disfruta el Vichy español. Cuentase que un fraile, allá por siglo pasado o hace un par de siglos bebió el agua de la pobre fuentecilla, baño en ella después sus miembros ulcerados, y al poco tiempo recobró la fuerza de su estomago deshecho y el vigor de todo su cuerpo, próximo a dar en la sepultura.

Si el fraile volviese a la vida, ¿Conocería acaso los lugares donde halló milagrosamente la salud? Por ellos ha pasado el trabajo del hombre, transformándolos con arreglo a a las necesidades de la época; el ingrato pizarral de orillas del Guadalquivir es hoy un Balneario a la moderna, gracia al esfuerzo constante y a la atinada dirección del propietario de las aguas, el Sr. León y Llerena, que ha enterrado a orillas del Guadalquivir mucho entusiasmo, mucho tiempo y mucho dinero. De tan excelente semilla han brotado, como no podía menos, óptimos frutos. Al hilillo de agua que salía de la Fuente del Padre han sucedido los grandes manantiales de San Luis y de Fuente Agria, ricos en gases que parecen hervir, estallando en burbujas considerables, que aun en época de sequía no solo satisfacen la hidrópica sed de los aguanosos (y agua se necesita para esto) sino que surte cómodamente al Establecimiento de baños y todavía sobra líquido para regalárselo al Betis.

Los enfermos, que antes iban del pueblo a la fuente montados en caballerías del país que bajaban el pedregoso sendero, cuentan hoy con una hermosa carretera, coches de sobra y… ¿Quién sabe si mañana contarán con un tranvía eléctrico de los que todavía no hay en España?

Sabio colaborador del propietario en la humanitaria tarea de levantar las aguas al nivel que merecen, es el doctor Góngora, médico-director de Marmolejo, providencia de los aguanosos y el primer entusiasta de Fuente Agria: como que su entusiasmo tiene por base larga practica e infinitas observaciones terapéuticas.

El agua, además de uso interno se administra en baños, en inhalaciones y en pulverizaciones. La reforma es reciente: del año pasado. Nosotros vimos, flamante y como si estuviera por estrenar, el cobre bruñido de la sala de duchas, el níquel de los inhaladores, el mármol jaspeado de las pilas; todo puesto con un confort y un lujo a que no son muy dados todavía los balnearios españoles.

Y hora es de hablar del Parque, la verdadera joya de Marmolejo.

Entramos en él por el viaducto, y… ¿Ve usted? nos decía nuestro amabilísimo Cicerone señalando las peladas faldas de Sierra Morena ¿ve usted aquello? Pues esto era lo mismo: terreno pelado desde el rio hasta la carretera, desde la Sierra hasta el manantial. Con esta consideración, y viendo una tras otra hasta el mareo las infinitas especies arbóreas que pueblan el Parque, lo adornan y embalsaman, compréndese el trabajo que representa aquella gigantesca resurrección de la naturaleza frente a la Sierra adusta, que parece mirar con envidia tanta y tan variada frondosidad.

Allá los plátanos crecen desmesuradamente, mostrando la débil escama de su corteza y las hojas anchas y picudas como manos extendidas el saludable eucaliptus purifica el aire, el álamo blanco agita su cabellera plateada, y la acacia mueve sus hojillas, agrupadas en series. Crece el cinamono junto al ganado, el fresno al lado de las sóforas, los castaos de Indias, los naranjos, almendros, nísperos, granados y mil especies más, agrupados en algo como un congreso arbóreo, donde las plantas no están de muestra como en una estufa o en un jardín botánico, sino que se cuentan por cientos las de cada clase, y viven en perfecta sociabilidad gracias a la savia del terreno, que da para todas, permitiendo ver unidos el pino del Norte con el naranjo del Mediodía, el salvaje arbusto serrano con el cinamomo oriental. Hay en la parte baja, bañados por un arroyuelo, varios sauces tan elevados, que parece que tienen trampa; sus ramas y hojas caen desde la copa formando una cascada colosal.

-Diga usted, pregunte, estos sauces no serán llorones.

-¿Por qué?.

-Porque si estos lloran estando tan medrados, ¿qué harán los de Castilla, que no levantan tres cuartas del suelo?.

Ni es la frondosidad del Parque su mayor encanto: puesta en una llanura, quizá resultaría pesada y mazorril toda aquella masa verde. Mas el terreno, artísticamente accidentado, os da en cada sitio un paisaje diferente, y el Parque es nuevo a cada paso, porque su estructura obedece al sabio precepto de la unidad en la variedad. Desde la parte baja, donde crecen los sauces y asoman sus varillas los viveros, veis en lo alto el desfile de coches de la carretera; a otro lado, la soberbia rampa y el viaducto de entrada, casi oculto por los eucaliptus; desde el kiosco de la Montaña rusa veis serpentear el rio, remedando el pétreo serpenteo de la sierra, cuyas cimas parecen marchas una tras otra, como fantástica procesión de encapuchados.

Una calle central y un paseo de circunvalación forman las vías principales del Parque, cruzado por doquier de sendas y caminillos. Sencillos bancos pintados de verde ofrecen descanso al paseante; en último término, extenso campo de violetas de una eflorescencia verdaderamente ecuatorial seduce la vista desde muy lejos, cientos de gorriones canta a la vez en la pajarera… ¡La pajarera! No se trata de ninguna jaula, sino de un grupo de frondosos árboles donde acostumbran a posarse, caído el sol, todos los pájaros de las cercanías, en tal y tan considerable número, que sonando una palmada junto a los añosos troncos, sale a escape la volandera multitud, dando un zumbido como el de la piedra al salir de la honda y sembrando el cielo de agitadas manchas negras como pavesas de algún incendio formidable.

Crecen los rosales por todo el Parque, y como plantas trepadoras suben tronco arriba de los árboles, en tal forma, que cuando viene la primavera parece que los plátanos han echado flores vivísimas; que los cinamonos, pinos y enebros se han obsequiado con mutuas guirnaldas; que las acacias, como buenas andaluzas, se han puesto en la cabeza rosas frescas y perfumadas al hacerse su toilette matinal. El verjel ha sido galante con la cordillera, y así, en la vertiente que mira al rio y hace vis-a-vis con la sierra, aparece poblado exclusivamente de arbustos serranos: madroños, espinos, lentiscos, brezos, enebros y plantas olorosas del monte, como espliego, romero, tomillo, etc… etc. Es, en suma, el Parque un verdadero paraíso, pero sin serpientes ni manzanas mordidas, porque todo lo dispépsico se guarda de probar la fruta como de escaldarse.

¡Ah! Si Adán hubieran parecido de gastralgia, ¿Quién sabe si ahora nos ahorraríamos el pago de las consecuencias de su falta?.

Para un andaluz, ¿qué tiene de particular la modesta villa de Marmolejo? Yo supongo que nada. Mas para mi tenía el encanto de todo lo nuevo, el picante atractivo de ser el primer pueblo andaluz que veían mis ojos.

Por eso todas las tardes, al subir del rio, entonando el ánimo y recreada la vista con la poética frondosidad del Parque, tranquilo el estomago con los benéficos sorbos de la Fuente Agria, dedicábame a andar por el pueblo discurriendo calles, curioseando esquinas y fisgoneando patios. La extraordinaria blancura de las casas chocábamos sobremanera ¿Pero aquí no se apoya nadie en la pared? ¿Aquí no se entretienen los chiquillos en dibujar por los muros letreros y monigotes con carbón? ¿Qué milagro de villa es esta, bella de bianco vestita como la Margarita del Fausto. Prometí ver el pueblo a la luz de la luna para dar con la clave, pues para mí no cabía duda de que todas las noches blanqueaban el pueblo casa por casa.

Nada de lujos ni perifollos arquitectónicos en el exterior: la puerta en medio punto, pocos huecos y abiertos en desorden, por todo lo demás el lienzo de pared sin más adornos que su blancura. Y ya es bastante: conservarse albo e inmaculado en medio del arroyo, no es grano de anís. Por eso la casa andaluza no necesita mas que ser blanca para ser bella.

Verdad es que los caballos van dentro, como decía el labriego del ferrocarril. La casa andaluza tiene los lujos en el interior, para el amo, no fuera para que los discuta el transeúnte. Rico o pobre, pudiente o menesteroso, cada vecino tiene su casa y cada casa su patio. ¡Cuan lindo y sugestivo el patio andaluz! Los naranjos y limoneros arrimados junto a las tapias; el pozo, cuyo brocal parece una rueda dentada por el roce de la soga o de la cadena; flores por todas partes, ya trepando arboles y paredes arriba, ya en macetas de todos los tamaños, ya en macizos de tierra bordeados por la hierbabuena y la mejorana.

Marmolejo tiene también su industria local: la alfarería. Y por cierto que el modesto artista encargado de fabricar los recuerdos de Marmolejo demuestra mucha inventiva o muy buen gusto para la elección de modelos. Cuando entramos en su taller moldeaba, con el auxilio de una rueda de tornear, una ánfora como las griegas. En rincones y aparadores había infinidad de cacharos que parecían muestras de cerámica oriental o romana. Era un vivo anacronismo aquel andaluz, con su sombrero ancho y su acento de Jaén, elaborando cráteras etruscas.

Igual efecto nos hubiera hecho el soldado de Maratón arrancándose por soleares.

¿Cómo dejar en el tintero la reja andaluza? Las que allí vimos eran menudas, chiquitas (quizá yo las había soñado demasiado grandes) y no volaban completamente, sino que se unían a la casa en la parte inferior por un pilarete, en la superior por un chaflancillo, todo de la fachada.

Y como yo no tenía pavas que pelar, ni era cosa de pasarse mucho rato pelar las pavas en rejas ajenas, abandoné las calles, dejando en casi todas a uno y otro lado las jóvenes parejas: ellos recostados en la pared, ellas completamente ocultas tras el toldo.

ooOoOoo

El periodista autor del reportaje fue Luis Royo Villanova, las fotografías Lafora, los dibujos Huertas y las caricaturas Mechachis.

En la hemeroteca digitalizada del periódico ABC podemos encontrar este reportaje:

-Reportaje de 11 páginas que la Revista Blanco y Negro dedicó a Marmolejo en Octubre de 1894.

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